El mundo gira sobre un eje podrido

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Alber Vázquez es escritor. “El mundo gira sobre un eje podrido” es una columna de opinión que se publica todos los lunes y que alberga como firme propósito convertir a este planeta en un lugar más habitable donde los hombres y las mujeres del mañana puedan compartir su existencia en condiciones igualdad y justicia. Estamos seguros de poder lograrlo.

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Libros de texto: gratuidad no, libertad sí

La semana pasada, un servidor, como millones de padres, se echó la mano a la cartera y compró los libros de texto de su progenie: casi doscientos euros por los libros de quinto de primaria que mi hija usará este curso (y menos mal que mi hija no cursa religión, porque los que sí lo hacen tienen que comprar, además, su correspondiente libro: por alguna razón misteriosa, la religión se cursa con libro y la ética a pelo; debe ser porque cualquier cerebro sano tiende a rechazar las supersticiones absurdas y la mejor forma de combatir este impulso natural es llevarlo todo apuntado).

También esta es la época en la que surge el cíclico debate sobre la gratuidad de los libros. Que si tendrían que ser por la jeta porque en la Constitución dice que la enseñanza básica en España es gratuita, que si el préstamo, que si tal, que si cual. Personalmente, no estoy de acuerdo con nada de lo que oigo. Con nada de nada. Para variar.

La gratuidad no existe cuando se habla de libros de texto. Simplemente, no existe. Empéñate todo lo que quieras en ello y repítelo hasta que se te sequen las amígdalas, pero no existe. ¿No? A ver, ¿por qué? Porque un libro es gratis cuando se recibe gratis. Pero nada de eso sucede aquí. Lo que los avispados que largan al viento esta propuesta pretenden es que el Estado, a través de cualquiera de sus administraciones, nos compre los libros y luego nos los dé porque somos así de guays. Y eso no es gratuidad, no señor: simplemente no pago yo para que pague el otro. Pero, a fin de cuentas, alguien paga. Ergo no es gratis. Hombre, podríamos intentar que los escritores, los correctores, los editores, los ilustradores, los impresores y hasta el chaval de la furgoneta que hace el reparto trabajaran por amor al arte, pero, sinceramente, dudo que lo consigamos. La educación es una cosa la mar de buena, pero que se levante a las seis de la mañana a cambio de nada su puta madre.

De manera que no hay gratuidad que valga. Los libros son objetos y cuestan pasta. Punto final. De hecho, los libros que yo he comprado para mi hija valen demasiada pasta. Creo que están demasiado bien. Para explicar los contenidos de quinto de primaria no hacen falta tantas florituras. Un hiato es un hiato, aunque lo expliques en papel satinado de 90 gramos impreso en cuatricromía con un dibujito supermolón al lado. El hiato fue, es y será siempre la misma cosa. Hasta el día del Apocalipsis Final.

Entonces, ¿por qué cojones tengo yo que pagar un dineral por un conocimiento que no es de nadie? Porque no es de nadie, ojito. La definición de hiato es y está en el dominio público: dos vocales juntas en una palabra que se pronuncian en sílabas distintas. Hala, listo. ¿Hay que pagar por eso? No, no y mil veces no.

De manera que no trago: que alguien ponga en papel couché algo que muchos sabemos no es de recibo. Y colárselo a la administración de turno, tampoco. No, he dicho que no. Me parece muy bien que en España exista un tejido editorial denso y fuerte. Yo mismo escribo libros, de manera que no podría pensar de otra forma. Pero, a pesar de todo ello, no estoy dispuesto a pagar doscientos euros por algo que objetivamente no necesito.

¿Qué no necesito? Una definición de hiato impresa a cuatro colores en papel del caro. Y mi hija tampoco la necesita. Y sus compañeros de clase, otro tanto. ¿Y qué necesitamos todos? Conocimiento. Conocimiento libre, fiable, contrastado y disponible más allá del papel couché.

Conocimiento como la definición de hiato que yo mismo he dado arriba. Propongo que se use esa en los cursos de quinto de primaria de toda España. ¿Por qué esa y no la que ahora viene en los libros de texto? Porque la mía es gratis. Auténticamente gratis. Ahí queda, para que el que la quiera la tome y haga lo que quiera con ella. Incluso corregirla si no le parece correcta del todo. O imprimirla, o copiarla cien veces a boli. Qué buena idea, ¿no? Sí, claro, tanto que ya se le había ocurrido antes a otro.

¿Dónde? Pues dónde va a ser, alma de cántaro: en la Wikipedia. ¿Y qué es la Wikipedia? La Wikipedia es lo que todos los colegios de este país deberían adoptar como libro de texto: un compendio de conocimiento libre, gratuito y público.

Sí, bueno, vale, pero la Wikipedia falla más que una escopeta de feria, a la Wikipedia te la vandalizan en menos de lo que canta un gallo, la Wikipedia está repleta de errores monstruosos que abocarían a nuestra chavalería a un pozo de ignorancia supina, etc. Sí, vale a todo eso. El problema es que no es cierto. No lo es. Yo, en los últimos dos años, he aprendido más en la Wikipedia que en cualquier otro medio. La uso constantemente y la considero de fiar. A veces he hallado errores pero, ¡tachán!, la Wikipedia se provee de un instrumento fantástico para solucionarlo: me deja corregirlos. Así que voy y los corrijo. No hago como otros hijoputas, que cuando se encuentran una información errónea en la Wikipedia, se rascan las pelotas y mascullan un “jo, jo, os pillé” que da más asco que otra cosa.

Por eso hay que apostar por instrumentos así. Los libros de texto en papel impreso son cosa del siglo pasado. Hay que acabar con ellos de una santa vez. Y con el dinero que nos ahorramos, comprar ordenadores para todos. That’s the question. Y lo demás son soplapolleces.

Escribir los textos de quinto de primaria no es cosa del otro jueves. Entre mil o dos mil tíos se hace un plis plas. Todo es ponerse a ello. Y tampoco es cosa del otro jueves juntar a mil o dos mil tíos para escribir sobre el hiato, el diptongo y cosas por el estilo. En la Wikipedia las cosas se hacen de esta forma un día sí y al otro también.

Y los apocalípticos dirán: ¡Y esto quién lo controla? Vale, pues que venga alguien y ponga orden. Que a ese alguien lo mande, si hace falta, el ministerio o la consejería correspondiente. Y que ese tipo diga sin ambages que el hiato va en quinto y no en cuarto, no vayamos a liar a los muchachos. Muy bien, perfecto. Pero la definición de hiato va en libre y no encuadernada en lujo asiático.

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Libro de Notas 

 

 

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